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ISAÍAS GARDE

Tráeme el atardecer en una copa (128)

(Emily Dickinson)

Tráeme el atardecer en una copa,

examina los frascos de la mañana

y dime cuánto rocío hay;

y dime hasta dónde se movió la mañana,

dime a qué hora duerme el tejedor-

que urdió la amplitud del azul.

 

Consígname cuántas notas componen

el nuevo éxtasis del petirrojo

entre las ramas asombradas-

cuántos viajes emprende la tortuga-

cuántas copas comparten las abejas,

libertinas del rocío.

 

Y también, quién alzó los pilares del arco iris,

y quién conduce las dóciles esferas

con cuerdas de azul flexible.

Qué dedos sujetan las estalactitas-

quién lleva las cuentas de la noche,

para saber si alguno queda en deuda.

 

Quién construyó esta cabaña

y cerró sus ventanas de tal modo

que mi espíritu no es capaz de ver.

Quién me permitirá salir, algún día de fiesta,

breve pompa,

con aparejos de vuelo.

 

Emily Elizabeth Dickinson (Amherst, Massachusetts, 10 de diciembre de 1830-ibídem, 15 de mayo de 1886)

 

 

Cisne en primavera

(Charles Bukowski)

 

Los cisnes también mueren en primavera

ahí flotaba

muerto en domingo

de costado

giraba en la corriente

y caminé hasta la rotonda

y allá arriba

dioses en carros

perros mujeres

en círculo

y la muerte

bajó por mi garganta

como un ratón,

y oí venir a la gente

con canastas de picnic

riéndose

y me sentí culpable

por el cisne

como si la muerte

fuera algo vergonzoso

y como un idiota

me alejé

y les dejé

mi hermoso cisne

 

Henry Charles Bukowski, (Andernach, Renania-Palatinado, Alemania; 16 de agosto de 1920 - Los Ángeles, California; 9 de marzo de 1994)

 

A un viejo filósofo en Roma

(Wallace Stevens)

 

En el umbral del Cielo, las figuras de la calle

Se vuelven figuras del Cielo, el movimiento majestuoso

De hombres que se empequeñecen en distancias espaciales,

Que cantan, con el más pequeño y todavía más pequeño sonido,

La absolución indescifrable, y un final-

 

El umbral, Roma, y, atrás, una Roma más misericordiosa,

Ambas iguales en la construcción de la mente.

Como si en una dignidad humana

Dos paralelas se hicieran una, una perspectiva de la que

Los hombres formaran parte, tanto en la pulgada como en la milla.

 

Con qué facilidad las banderas al viento se cambian en alas...

Las cosas, oscuras en los horizontes de la percepción,

Se vuelven acompañamientos de la fortuna, pero

De la fortuna del espíritu, más allá del ojo,

Fuera de su esfera y, sin embargo, no mucho más allá,

 

El final humano en la más amplia culminación del espíritu,

El ápice del conocimiento en la presencia del ápice

De lo desconocido. El pregón de los chicos de los diarios

Se convierte en otro murmullo; el olor

De los remedios, una fragancia que no se echa a perder...

 

La cama, los libros, la silla, las atareadas monjas,

La vela como eludiendo la vista, estas son

Las fuentes de la felicidad bajo la forma de Roma,

Una forma entre antiguos círculos de formas,

Y éstas bajo la sombra de una forma

 

En una confusión de cama y libros, un augurio

Sobre la silla, una móvil transparencia sobre las monjas,

Una levedad sobre la vela desgajándose de la mecha

Para unirse a una flotante excelencia, para escapar

Del fuego y ser parte solo de aquello

 

Que el fuego simboliza: lo celestial posible.

Háblale a tu almohada como a ti mismo.

Sé orador pero en una lengua precisa

Y sin elocuencia, Oh, adormecido,

De la tristeza que es el monumento de esta habitación,

 

Para que sintamos, en esta extensión iluminada,

Lo genuinamente pequeño, para que cada uno de nosotros

Se vea a sí mismo en ti, y escuche su voz

En la tuya, maestro y hombre digno de compasión,

Absorto en tus partículas de acción ínfima,

 

Tu letargo en lo profundo de la vigilia,

En la tibieza de tu lecho, al borde de tu silla, vive,

Aunque vive en dos mundos, impenitente

En uno, y el mayor de los penitentes en el otro,

Impaciente por la grandeza que necesitas

 

Entre tanta miseria; y, no obstante, encontrándola

Solo en la miseria, la inspiración de la ruina,

La profunda poesía de lo pobre y de lo muerto,

Como en la gota final de la sangre más profunda,

Mientras cae del corazón y yace allí para ser vista,

 

Incluso como la sangre de un imperio, es posible,

Para un ciudadano del cielo, aunque todavía en Roma.

Es el discurso de la pobreza el que más nos persigue.

Es más viejo que el más viejo discurso de Roma.

Éste es el énfasis trágico de la escena.

 

Y tú - Eres tú el que lo dice, sin discurso,

La sílaba sublime entre cosas sublimes,

El único hombre invulnerable entre

Vulgares capitanes, la majestad desnuda, si tu quieres,

De los arcos de un nido de pájaros o de las bóvedas manchadas por la lluvia.

 

Los sonidos se filtran. Las edificios son recordados.

La vida de la ciudad nunca se va, ni tú lo quieres.

Forma parte de la vida en tu cuarto.

Sus cúpulas son la arquitectura de tu cama.

Las campanas siguen repitiendo nombres solemnes

 

En coros y coros de coros,

Poco dispuestos a que la misericordia deba ser un misterio

Del silencio, a que cualquier soledad de la sensación

Deba darte algo más que sus peculiares acordes

Y reverberaciones empeñadas en seguir susurrando.

 

Hay una especie de grandeza total en el final,

En el que cada cosa visible es aumentada y, no obstante,

No es mayor que una cama, una silla y monjas ajetreadas,

El teatro más inmenso, y el atrio con columnas,

El libro y la vela en tu cuarto ambarino,

 

Grandeza total de un edificio total,

Elegido por un inquisidor de estructuras

Para sí mismo. Se detiene ante este umbral,

Como si el propósito de todas sus palabras tomara la forma

 

Y la figura del pensamiento y se realizara.

 

Wallace Stevens (Reading (Pensilvania), 2 de octubre de 1879 – Hartford (Connecticut), 2 de agosto de 1955)

TRADUCCIÓN

Sobre el traductor:

ISAÍAS GARDE. Buenos Aires, 1961. Escritor Coordinador de talleres de escritura y lectura.

© 2017 Libro de arena

Todos los derechos reservados

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