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ESTANISLAO PAZMIÑO

Fragmentos del pasado

“Hay que excavar la tierra para acceder al cielo”. Con esta frase arranca La Promesa de un Ángel de Frederic Lenoir y Violette Cabessos, una novela en el que la arqueología tiene un papel fundamental.

El hallazgo del libro fue una casualidad –como casi todo hallazgo importante en arqueología–, pero aquella oración me produjo un impacto casi imposible de describir porque resume los sentimientos de un arqueólogo.

No me cabe duda de que el vínculo entre la arqueología y la literatura es pasional.

¿Cómo olvidar el interés que despertó la primera lectura de Dioses, Tumbas y Sabios de Kurt Wilhelm Marek, mejor conocido como Ceram? Sin lugar a dudas, el éxito que alcanzó aquella publicación se lo puede atribuir a la elegante e ingeniosa prosa con la que el autor logró transformar aburridas descripciones arqueológicas en un contenido interesante y digerible para todo público.

Con mucho pesar he observado que en los últimos años los textos arqueológicos han perdido el toque literario. Acaso se trata de un efecto secundario del distanciamiento entre la ciencia y las letras.

El lenguaje empleado resulta cada vez más estandarizado y redundante. Los textos se vuelven aburridos y académicamente pretenciosos. Obedecen al frenesí de publicar artículos especializados en revistas híper especializadas.

Esto contrasta con el lirismo que la literatura adopta al “hablar” de arqueología. No necesariamente por el contenido histórico, sino por el exotismo que envuelve la relación entre las dos.

También existe un trasfondo filosófico: la arqueología responde a la necesidad humana de conocer tanto su origen histórico como el lugar que ocupa en el universo.

Por otro lado, los vacíos dejados por la arqueología académica se han llenado con pseudociencia, para la que los restos arqueológicos constituyen una inagotable fuente de elucubraciones.  

Entre los primeros libros que leí se encontraban los de Erik von Däniken, con su halo enigmático. En la actualidad este tipo de literatura se encuentra más vigente que nunca, debido tal vez a la estructura, a su tono amigable o al estilo irreverente pero que a la vez aparenta autoridad investigativa. La arqueología también vende.

Como arqueólogo puedo asegurar que el quehacer arqueológico requiere imaginación, pues no es tarea fácil unir fragmentos del pasado escondidos bajo las polvorientas capas del tiempo.

Imaginar diversas historias detrás de mil y un fragmentos cerámicos demanda una combinación precisa de sentido común, creatividad y pasión. Por lo tanto, la tarea de transmitir y plasmar aquellas historias en el papel es un proceso que requiere inspiración, convirtiendo a la literatura en una herramienta fundamental.  

Como arqueólogo debo confesar que sigo soñando con encontrar ciudades perdidas, aunque aún no estoy seguro si estas se esconden entre la densa vegetación de algún bosque tropical o entre las enmohecidas páginas de un libro.  Quizá aquellas ciudades de mis sueños se encuentran escondidas en los mágicos parajes de Uqbar y Tlön.

ARTÍCULO

Sobre el autor:

ESTANISLAO PAZMIÑO se graduó en Antropología y Arqueología en la Universidad Católica y realizó sus estudios de posgrado en la Universidad de Lethbridge, Canadá.

Actualmente combina las exploraciones arqueológicas con la exploración de libros de filosofía y literatura.

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