

nuevo milenio en la literatura latinoamericana

Es evidente que existe una diferencia entre escribir poesía y narrativa. Puesto que mantienes una labor poética iniciada con Antropología Pop y que continúa en Utolands y El blues de la pequeña naranja, ¿cuáles son los desafíos y ventajas al momento de trabajar en cada uno de estos registros?
La experimentación, la espontaneidad, la contemplación tienen cabida en mi poesía. Aunque el término poesía nunca me ha gustado. Si por mí fuera lo cambiaría por ready-made que es un concepto nuevo que existe desde las vanguardias. El origen etimológico de poesía es crear algo a partir de lo que está creado. ¡El primer poema fue un ready-made! De ahí que los textos anónimos y los plagios podríamos meditarlos dentro del arte encontrado.
La narrativa concentra un oficio que me gusta mucho. Es más complejo por la inversión de tiempo que contiene. Está en sus anales, la extensión de una novela intenta imitar la eternidad, lograr cierta ilusión. La poesía concentra la esencia del origen.
El desafío al final se me revela como ventaja cuando descubro que me sigue gustando lo que hago. Y la sorpresa es cuando descubro que le gusta a un desconocido.
Para culminar, te haré breves preguntas para breves respuestas.
¿Libros que estás leyendo?
“La segunda visita de William Burroughs” de Carlos Calderón Fajardo. Llevo la primera parte. Al inicio me chocó, porque pensé que se trataba de otro "Detectives salvajes", no, no es así. Es mucho más exquisita. Hay más nouvelle vague de lo que parece. Es como el inicio de "París nos pertenece" de Jacques Rivette, pero desarrollándose en Lima.
¿Continúas escribiendo poesía?
Escribo ready mades, haikus pop, nidos, y otras mierditas con mis plumas bic.
¿Alguna novela en proceso?
Sí.
Tres películas que recomendarías justo ahora.
“Dear Wendy” de Thomas Vinterberg
“Badlands” de Terrence Malick (que la volví a ver, justo hace unos días para enseñársela a mi novia)
“Chungking Express” de Wong Kar-Wai
Tres poetas.
Jorge Teillier.
José Eugenio Sánchez.
Ellen Kennedy.
Llamadas a pie de página, fotografías, fragmentos de diarios con noticias, obituarios y efemérides, cuadros sinópticos, íconos en abundancia… ¿El lector debe ingresar sin prejuicios a la narrativa de Luis Alberto Bravo?
No lo sé. Me resulta difícil responder esto porque mientras escribo yo no pienso en otro lector que no sea yo. Pondré un ejemplo, citaré una novela que a mí me gusta y una que a mí no me gusta. Una que a mí me gusta: Picnic en Hanging Rock. Y una que no me gusta: Tres veces al amanecer. Cuando escribo, el que corrige, edita, brinda tratamientos es el lector que disfrutó de la primera novela. Y su mecanismo es el de la intuición y de la emulación. Pero también, por su experiencia en lo que no le gustó, tiene criterio de exclusión. Es decir, en tu novela, vas a integrar cosas como las que celebraste o quisiste encontrar en tus libros y filmes favoritos y vas a descartar aspectos que no perdonaste en los productos estético-visuales que odiaste.
Existe la consigna que asegura que el escritor no debe buscar lectores, sino crearlos. ¿Los buscas o los intentas crear?
Si no los pensé durante el proceso creativo es obvio que no los estoy buscando. Eso sí, cuando alguien se acerca para mencionar que conectó con el libro, sé que encontré un lector. Y está bien. Es hermoso. Y está claro que es el lector que pudo estar durante el proceso en que se gestaba el libro, acompañando al autor (que a su vez era escritor y lector).
Uno se miente y miente cuando dice que está escribiendo para un público determinado. Son demagogias baratas. Funciona en política, en literatura o en arte se ve patético. Imagínate a Van Gogh diciendo: “Pinto para la gente de París”. No. El tipo pintaba para sí mismo. Que luego le regalara un cuadro a alguien es otra cosa. El oficio de la escritura es uno de los más egoístas, ya lo dijo Vargas Llosa, porque uno escribe en función de sí mismo, hasta cierto punto para complacerse. Ahora, lo bondadoso es en sí la publicación. Y es un tanto extraño que un individuo entregue algo íntimo para que sea masificado. Ahí, y solo ahí radica la bondad de un autor. Confieso que me he encontrado con gente que conectó muy bien con un libro. Y es gratificante saberlo. Creo que eres mejor persona por ello. Tu vida mejora de algún modo porque un texto tuyo fue la lectura ideal de otro. Querías complacerte a ti mismo y con la masificación complaciste a otro.
En Las ardillas del Orden Enano trabajas sobre un mundo mítico que remite a la adolescencia y esta labor se repite en ciertos fragmentos de El jardinero... También te permites ciertas licencias poéticas al inicio de Crow que fluyen a lo largo del libro. ¿La fantasía tipo onírica es buscada de manera consciente para matizar la realidad, para hacerla más soportable, o lo atribuyes a una necesidad expresiva muy personal que no has buscado o que incluso escapa a tu control?
Yo quedé fascinado por un título “El país de los castillos encantados”, aquello ya evoca a los fantasmas, a aquello que está en la tierra, y sin embargo, no toca el suelo. Esto es, nació sin bases con un tipo de realidad cotidiana o simplemente nació “volada”. Fue como el castillo en el aire de Magritte o el de Miyazaki (aunque este filme vi hace poco). En mi literatura inicial no existía algo así como preocupación por los canales de riego o por la dificultad de conseguir alimentos, etc. No, simplemente era la vida en sintonía con el sueño. Entonces cuando yo veo todo eso de la literatura del boom y la ecuatoriana, de compromisos sociales y dictadores, etc. Yo pienso, esa no es mi onda. E incluso pensé que nunca mis libros podrían tener un lugar por no aportar seriedad o un servicio a la sociedad. Pero al mismo tiempo muchos de esos libros, de entrada, no me interesaban, o nunca los leí, y yo simplemente seguí creando de acuerdo a lo que a mí me dejaba satisfecho imaginar. Total, yo era el único lector al que buscaba satisfacer.
Empiezo con una pregunta tópica. ¿En qué momento se despertó tu interés por escribir?
En la infancia descubrí un texto en el tomo 10 de la enciclopedia El mundo de los niños, llamado “El país de los castillos encantados”. Lo que leí, me gustó. Pero quedé con avidez de leer más sobre el tema. Aquello era inédito, antes de eso la lectura era algo que yo sentía tediosa. Pasé días buscando sobre Luxemburgo, con el fin de encontrar más de esas historias embrujadas, pero no encontré nada. Al no hallarlas, empecé a inventarme esas historias. Algunas solo en la imaginación, no todas terminaron en el papel. Pero algo pasó que no fue alentado y lo olvidé.
¿Es difícil ser escritor en Ecuador?
La primera dificultad es personal, y en cualquier parte del mundo, tomar la decisión de dedicarse a producir literatura y no fundar un banco, por ejemplo. Tomar la decisión de hacer algo que le va a involucrar tiempo, esfuerzo, oficio y sin embargo, eso no le va a dar dinero, o algo peor, quizás su producción ni siquiera llegue a ser publicada. Si una persona que quiere ser escritor tiene claro todo esto, de que su objetivo va a ser estético y espiritual, listo. Ya está tomada la decisión. Será feliz solo por el hecho de haber intentado construir una obra y el haber decidido a hacerlo.
Ahora, por ser un escritor en Ecuador. No, no es difícil. Difícil sería si te vieras en dificultad de escribir sobre determinado tema. De que te lleguen amenazas, cartas bombas. De que en cadena nacional te declaren persona no grata y que por eso, los vecinos no te saluden y otros te tiren piedras en la ventana de tu casa. No hay censura, salvo el político. Y eso es decirlo de forma amplia porque política es todo. La única censura se instala hacia las obras que tienen como única función denunciar o deslegitimar a los gobiernos de turno. Pero ese es otro tema. Yo, en mi país, siento que puedo escribir sobre lo que quiera.

“La novela intenta imitar la eternidad”
Entrevista a Luis Alberto Bravo
Por Diego Maenza



ENTREVISTA
Sobre el autor:
LUIS ALBERTO BRAVO (Milagro, 1979) Ha publicado las novelas Septiembre, Hotel Bartleby, El jardinero de los Rolling Stones y Crow. Recibió el Premio del Fondo Editorial del Ministerio de Cultura en 2012, y el Premio Nacional Miguel Riofrío de la CCE Loja en 2015. Entre sus libros de relatos y poesía destacan Cuentos para hacer dormir a una niña punk, Las ardillas del Orden Enano, Utolands, El blues de la pequeña naranja. Fue becario del FONCA, y fue considerado por la FIL Guadalajara de 2011 como uno de los “25 secretos literarios de América Latina”.






Has ganado premios dentro del país y también fuera. ¿Hasta qué punto son importantes este tipo de incentivos para el escritor o los consideras únicamente como una catapulta para ver publicada la obra?
Son avales. Son como medallas de confianza. El lector lo que menos quiere es perder su tiempo. Si conoce de estos reconocimientos, la desconfianza es menor. Eso sí, nunca desaparece. Cada nuevo libro, inaugura ese halo de duda que recae sobre el autor. También pueda que por el mismo premio más de un lector se sienta interesado en leer al autor; es esta tendencia la que ha hecho millonarios a los grupos editoriales.
Para mí los premios son importantes porque si no los gano, no saldrán mis libros. No tengo editor.
A consideración de ciertos críticos la narrativa ecuatoriana está pasando por su mejor momento. ¿Eres de la misma opinión o acaso estamos siendo demasiado condescendientes? ¿A qué atribuyes esta situación?
El buen momento está más relacionado con el hecho de que hoy, a diferencia de décadas anteriores, existan más civiles que tomaron la decisión personal de dedicarse a la literatura. Eso, y no necesariamente a que se estén produciendo obras grandiosas. Por ejemplo, creo que están saliendo obras efectistas, y no realmente obras ambiciosas. Pero la condescendencia puede ser buena porque más de uno: librero, periodista, escritores, editores… están empeñados en decirle a los de afuera y decirnos a nosotros mismos: “Hay una buena literatura ecuatoriana”. No estoy en contra de eso. Cuando yo empecé a hacer literatura creía, o quería creer, que las estéticas alcanzadas en mis libros podía contribuir a eso. A ayudar a la estimación de los productos industriales que en efecto serían validados por la calidad del producto intelectual. Es una idea romántica nacionalista, sí, pero yo la veo desde el campo semiótico. Como cuando se leía MADE IN JAPAN en los repuestos o MADE IN USA en la ropa. Yo creo firmemente que los dos Nobel de Literatura ayudaron a los productos industriales chilenos de un modo subterráneo, difícil percibirlos en lo cotidiano inmediato, como es difícil pensar que un saludo de dos jefes de Estado va a cambiar cosas, y sin embargo, suceden.
Pero otra cosa es alabar humo.
¿Y qué hay de la poesía en el país? ¿Nunca ha estado enferma?
No. No ha estado enferma, pero diré algo incómodo. Siempre ha sido excluyente a otras expresiones. Se valida cualquier cosa hermética. Y se ningunea cualquier aporte que venga desde la naturalidad y la contemplación. Eso a mí me molesta. Y mucho. Poetas como los láricos chilenos acá habrían ocupado una cuarta fila, eclipsados por poetas canonizados como César Dávila Andrade. Y eso se nota aún en los concursos, el jurado comúnmente sigue un patrón, un juicio casi de corte homogéneo y estético. Lo que es perjudicial porque los nuevos creadores reprimen su expresión natural y optan por uno uniforme. Las expresiones de autores como Claudio Bertoni o Erick Pohlhammer, por ejemplo, serían descartadas de entrada en un concurso de Cuenca o Quito.
Es más fácil ocultar la falta de talento en expresiones crípticas y que persuaden con elementos retóricos al lector. Pero si escribes un haiku, por ejemplo, ahí no hay mucha trampa, el poeta está desnudo ante el lector. Su talento, su oficio, el dominio de las formas será percibido en la estrategia o habilidad que tenga para vestirse con una hoja de árbol.
En tu narrativa haces alusiones a películas. ¿Qué tan presente está el cine en los libros de Luis Alberto Bravo?
Para mí es algo natural. Cuando los lectores me lo hacen notar, me asombro porque ver películas es una práctica común. Y además, siento una necesidad de citar un filme cuando parto de alguna enseñanza que me dejó y no tanto porque pienso que su sola inclusión reforzará la narrativa. Muchas veces el lugar que debían ocupar tus anécdotas está lleno con escenas de películas.
¿El arte de qué cineasta sientes más cercano a tu escritura?
Sofia y Roman Coppola.
¿Y con respecto a la música?
Dënver y Alex Anwandter.




En El jardinero de los Rolling Stones, ¿fue mayor la investigación que la invención, o resultó lo contrario?
Fue investigando otra cosa que di con esa historia. Y la historia apenas era dos líneas. En esas dos líneas yo vi la posibilidad de una novela. Claro, dos líneas que me sedujeron. Ahora, yo quería ser lo más verosímil posible. A medida que inventaba me preguntaba si aquello pudo ser posible y me lanzaba a investigar. Más que datos lo que encontraba eran parámetros. Así, a la novela iban los nuevos datos, y la invención que encajara en aquel espacio. La novela tal cual como está no es la versión real, pero es una que a mí me satisface. Si hubiera tenido la versión real, algo así como la vida de García Moreno asociada a la historia oficial, no habría tenido necesidad de escribirla.




En Septiembre y Crow abordas la pintura. ¿La plástica influye en la escritura o trabaja de forma más subterránea?
Influye sí. En mi imaginario, los pintores están en pandillas. Los surrealistas están a un lado. Los pop en otro. Los impresionistas, etc. Por ejemplo, en Septiembre hay un derroche de expresionistas abstractos desde Pollock, de Kooning hasta Luigi Stornaiolo, Marcelo Aguirre y Hernán Zúñiga. En Crow, le tocó el turno a los naíf, y ahí están los haitianos y los balcánicos. La influencia, más allá del tema (que es evidente), está en la intención. En Septiembre intenté una escritura con cierta imitación del dripping, de ahí lo caótico y enredado que pueda tener ese libro. Y en Crow, cierto costumbrismo, cierto aire regional para brindar la ilusión de ingenuidad, cierto detalle en la prosa para evocar lo primitivo y la fantasía sin educación estética.
Lo que sí es cierto es que yo tengo motivaciones estéticas previas al proceso de un libro. Pienso, “me gustaría que mi libro fuera la equivalencia a cierta canción de Air”, por ejemplo. A veces, ya miro una obra e intuyo que no tengo que hacer nada porque lo encuentro similar a algo mío, como en las obras de Roberta Marrero. Pero quién quita que me sienta tentado a transportar lo que me producen los colores de ciertas pinturas de Eduardo Solá Franco en una novela. Aunque siempre la traslación será subjetiva, como un ejercicio de sinestesia.
Algo que llama la atención en tus obras y de manera concreta en Hotel Bartleby y El jardinero de los Rolling Stones es tu capacidad para escarbar detalles. ¿Cómo orientas tu proceso de investigación al escribir? ¿Acumulas datos de interés y luego escribes o te van surgiendo las dudas a satisfacer mientras redactas el libro?
Es algo orgánico. Cuando sucede, simplemente lo dejo desarrollar. Por la pregunta, respondo que una vez embarcado en la escritura no dejo de investigar. Para mí, la investigación no solo es un recurso para encontrar el clima de una obra, también pasa a ser un elemento. Lo que sucede es que yo experimento, desarrollo y dejo las herramientas. Es como hacer una película e integrar el making off. Pienso en los filmes de Michael Winterbottom, con quien también me siento afín. Es como apretar una tuerca y dejar la llave en el coche para que los otros mecánicos vean la medida que fue utilizada.

